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lunes, noviembre 22

Alonso de cabeza en Esquire



Lo confieso: Es mirar nuestra portada de Fernando Alonso y se me eriza el pellejo. Después de 24 años con el carné de conducir en la guantera... he vuelto al cole. Un cambio de dirección (¡ojo!, la de mi vivienda habitual) mal documentado y algunas multas por exceso de velocidad (todas pagadas) me retrataron ante la DGT como Remedios Amaya en aquella Eurovisión del 83: esto es, cero points. Así que me quedé sin manejar (conducir en mexicano) mi barca. Reconozco que –en un primer momento– me puse como Obélix en ayunas, pero el Plan Renove me ha venido muy bien. Cuatro días de clase, siete horas seguidas a la semana, de educación vial, compartida con otra gente, quizá lectores, a muchos de los cuales un juez les ha retirado el carné por empinar el codo, me han puesto firme y en mi sitio. Nunca he tenido un accidente de tráfico (toco madera) y ruedo en moto, llueva o nieve... pero eso de volver a clase me ha vuelto cabeza abajo. Aprobado ya el examen, y con mi carné (provisional) en el bolsillo, de nuevo esquivando taxis por la ciudad, padezco el furor del converso. Regaño a las chicas que se pintan los labios en el retrovisor, he renunciado a mi morriña por Meteoro, anulo la cobertura del móvil en los viajes de larga distancia, he dejado de sacar el brazo por la ventanilla y ya no hago de DJ loquillo (“Yo para ser feliz quiero un camión”) durante el viaje para mis pasajeros. Y ahora, si el semáforo se pone ámbar, no lo veo ámbar, sino rojo. Eso sí, rojo Ferrari. 

The Beatles, “Drive my car
Pablo Trapero, “Mundo Grúa

viernes, diciembre 11

En París con Miles Davis




Deambulo por las rondas de Paris. Llevo una hora visitando la exposición We want Miles, organizada en la Cité de la Musique. Tras la visita, frente a las boquillas de su trompeta Martin (modelo Magna), las sordinas, las viejas fotos con su Ferrari rojo, la chupa multicolor de Versace, me quedó triste imaginando el final. Nunca tuve la ocasión de verle tocar. La heroína, los standards (¿Time after time?), la alopecia... sus enseres bailan jazz entre las letras de las cartas mecanografiadas al tiburón Clive Davis de la Columbia Records, pidiendo más pasta, más adelantos, más royalties. 
Los japoneses enviando ofertas a 10.000 dólares el concierto. La paliza que le dieron en Birdland- hoy templo del jazz desvirtuado por los turistas de Manhattan- el entierro de Jimi Hendrix con Miles como sumo sacerdote. Pienso en la máquina del tiempo, en la posibilidad de haberle escuchado, loco por el electro funk en el Festival de Newport en 1973. En sus trajes, y en su padre, cirujano dental de la burguesía afroamericana. Y en los franceses, que hacen exposiciones como esta, deliciosa.  En una de sus ultimas entrevistas, ya no se corta. Ni siquiera su mano es capaz de sujetar un cigarrillo. Sus dedos están reventados de tocar la trompeta. Miles, ¿por qué no cruzas los pirineos?Vente, que aquí, hace sol.